Tragicomedia en dos actos Pt. II
Ese intrépido mozalbete con el que hemos iniciado el apartado anterior no puede esperar sentirse más que como un buen tipo. De plano desecho del trogloditismo asociado a la patanería de quien maltrata una dama, agacha ahora la cabeza ante la presencia de aquella, y no pocas veces siéntese impotente ante sus caprichos, y ahora, la patanería de ella.
Seguramente debemos decir que es un buen tipo. Se perfuma y lava hasta el último rincón de su humanidad, llena su bolsa de cuanto doblón le resulta asequible y procura colocar su abrigo sobre los hombro de ella así la lluvia y esa tos catarruda pueda carcomer su pulmón. Y ella, ¡como si nada!
Pero qué podemos decir entonces ahora. ¡Qué bien criado este pelafustanillo de quien hasta su madre, no pocas veces ha dicho que no sirve ni para llevar a una dama la cama!
Si, es innegable. En su bobaliconería que le lleva a decir que no es machista, simplemente porque observa con las damas unos buenos hábitos de urbanidad, cree ser un alguien que trasciende lo divino y lo humano. Pero se miente como quien cree poder correr y dejar atrás su sombra. ¡Nos hemos ido al otro extremo! Nuestro héroe es aquejado por una enfermedad aguda e irremediable. Ha entregado a ella su propia dignidad, solo para que ella se sienta más digna.
Se arrastra; piensa en ella como una joya indefensa y se ha hecho más daño a sí mismo que bien a ella, puesto que ahora la concibe como una retrasada, como un ser eternamente incapaz de valerse por sus medios. La trata con eterna disculpa, y la mira a los ojos tan enamorado como el que más, sin descubrir que tras ese aparente estuche de porosa textura se esconde nada más, ni nada menos, que ¡un ser humano idéntico a él!
¡Pobre famélico poeta! En tu elucubración poética has convertido a la dama en el envase de todas las razonables y bondadosas pasiones humanas; no has hecho más que un irreparable daño a ella y a ti mismo… Cómo padece ella las mismas vejaciones que tú, cómo es portadora de las mismas aberrantes pasiones de esta decadente cultura nuestra…
Tú nunca podrías verlo, pero ahora me toca el turno a mí; déjame comentarte este pequeño secreto que te hará caer boquiabierto al foso del pavor cuando se rompa ese pedestal marmóreo en el cual le has colocado: ¡es igual a ti! ¡Padece de los mismos vicios y le atormentan las mismas pasiones! Antes que ser mujer ha sido un ser humano al que paulatinamente fuiste entregando tu libertad, al ritmo que idealizabas su condición, que nada de especial puede tener si te colocas a su lado o le miras de frente.
Por supuesto, aquella mitología tan carente de modernidad que ha convertido a la mujer en el último sobrante de la creación, tiene una versión para ti. Así como fuiste criado por ella, por ese sobrante de la creación, por esa última ocurrencia divina, aquella leyenda te dice que entonces en su útero se aloja el principio de todas las cosas. ¡Qué aberrante ironía! Ahora esa mujer invirtió mágicamente su papel y es la madre de tu Dios.
¡Pamplinas! Mírate al mismo espejo que ella. No se puede liberar al otro de un yugo para entregarle ahora las riendas de la tiranía ni para feriar en sus manos el peso de nuestra libertad. Pero de la misma necesidad libertaria que la mujer siente frente a su sociedad debes verte tú imbuido; Es precisamente allí donde se aloja el yugo que a los dos corroe por dentro: es la construcción que históricamente han elevado a la posteridad. No se diga entones que la mujer no reproduce igualmente los más aberrantes vicios de la humanidad, que no es responsable de este estado de cosas, porque no puede esconderse tras una aparente condición histórica para dar la espalda a la historia.
Más sensibles, de acuerdo. Más delicadas, de cuerdo. Mas no sea esto el derrotero para negar cómo de vuestras manos ha surgido la barbarie y la tiranía, Oh, reina Margot, Oh, Condesa Bathory, Oh, Margaret Tatcher, Oh, Golda Meyer, Oh, Madre golpeadora, Oh, amada chantajista y voluntariosa, con la cual nuestra condición humana se ha degradado hasta este punto tan confuso. No os creáis al margen de lo más sensible de la condición humana o de no haber aportado un granito de arena a este marasmo de confusiones.
Si tan solo utilizaseis vuestros encantos para acabar el hambre del mundo que habitas, para transformarlo todo. Pero nada de eso. Por el contrario tu enamorado se retuerce con el peso de esa cultura que tú aprovechas. Desconoce su historia y solo entiende a medias la tuya; Así como se considera todo, menos un machista, debo revelaros que en su tragedia bondadosa no alcanza aún a ser un hombre. No estás suficientemente ilustrado, a pesar de creer saberlo todo acerca del mundillo de hombres y mujeres.
O. Oswaldo Duarte R.
Tragicomedia en dos actos Pt. I
Mira la dama a su pretendiente con los ojos de quien se indigna por el desafuero. Invoca el derecho a la prioridad por poseer menos fuerza, quizá, por considerarse menos tal vez. Dice entonces a este, quien mira con bobalicona cara y labios entreabiertos: “¡no pareces un caballero!” Entonces, aquel tan convencido de su falta de consideración se postra ante la dama y con la poca fuerza que le cubre recoge sus maletas y las pasea como un borracho, tambaleándose, hasta donde el capricho de la virgen le antoje llegar…
Metros adelante, con los brazos cansados por el esfuerzo en frío, deseoso de apresurar el paso, y antes de poder reaccionar ante su torpeza, escucha la voz recriminatoria: “las mujeres primero, ¡Primero!”. Sin ser conciente de su errada actuación descubre que ha dado un paso por delante de ella y ahora ha cruzado la puerta un segundo antes, y casi, justo hubiera sido que sucediera así, da un golpazo con el ala de vidrio de la puerta del almacén de modas en el narigón rostro de su doncella.
Así ha sido durante todo el día, durante muchos días, varias semanas, y quizá algunos meses. Así ha sido con este comediante que he tratado de retratar, como con todos aquellos que pretenden ser “caballeros”; ¡pero siempre están incompletos!
La hombría del hombre es lo que primero pone en duda la dama. Que debes llevar y traer, que debes pagar tú, que debes reservarte las tareas físicamente forzosas, que debes durar bastante, etc. En fin, toda una ralea interminable de delicadezas a las que ha de someterse quien pretenda pretender a una dama. ¡Y pobre de aquel que logre ese mediocre objetivo! No pudiendo descansar de la faena inicial, si acaso ha logrado que una dama le acoja en su corazón, ha de saber qué complicado debe proseguir su camino. No solo deberá soportar desde las más groseras impuntualidades hasta los caprichos más estrambóticos (que ahora quiero, pero que ya no, por ejemplo), sino que será objeto de la más disimulada pérdida de autonomía.
Ya no podrá ser él. Ahora, según sea el caso más afortunado, será el de mostrar. ¡Qué honor te han hecho mozalbete! Como en una sátira al mejor estilo de Cortazar, esta es la versión amorosa de Instrucciones Para dar Cuerda a un Reloj. Seamos explícitos; nuestro don Juan asegura haber ligado a la dama, pero cuando menos ha pensado, su existencia ha sido medida con un hilillo desafortunado, y más que un merecimiento todo esto no puede verse más que como una entrega. Sin darse cuenta, la autonomía, y un sin fin de dimensiones personales habrán sido entregadas a la administración de la otra. Y ella, por supuesto, utilizará no solo sus encantos, sino todo ese haber de conocimientos en manipulación para lograr, desde una invitación, hasta el mismísimo matrimonio; y de lo demás ni hablemos, porque ya es historia patria. Se repite y se repite.
Pero de dónde nuestro galán ha heredado esa actitud entreguista, esa falta de dignidad con sigo mismo, hasta convertirse casi en un ser sin autonomía…
¡No diremos que de su madre primeramente, porque también ha estado allí su padre! Qué horror descubrir que esta fábula no la protagoniza un gran bobalicón, sino simplemente un joven de a pie, común y corriente, que no hace más que acomodarse a lo que en su medio está establecido. Si no se acomoda, seguramente perderá la opción de asegurarse un útero reproductor de su genética…
Nadie ha estado ahí para enseñarle una opción diferente. Más que ignorante de su situación, satisfecho con ella; reproducirá aquello que le ha sido envasado por tantos a su alrededor en un sin fin de escenarios. Y, ¡cómo condenará aquellos quienes se salgan del molde! Es un orate de las circunstancias, un prisionero de los hechos ajenos a su voluntad, un mendigo que se arrastra sin saberlo, un ignorante de la posibilidad de que las relaciones afectivas tomen un rumbo diferente. En pocas palabras, carece de ilustración frente a las infinitas posibilidades al margen de las convencionales relaciones hombre-mujer.
¡Monstruo! Replicará alguno, ¡Salvaje! Dirá por ahí otro, ¡Desadaptado! No quedará sin oirse, ¡Afeminado! Gritará el más macho, ¡Machista! Dirá el más perceptivo… Justamente eso; machista; machista conciente de su condición y de sus posiblilidades; esto es, un MACHISTA ILUSTRADO.
Formado en el ejemplo cotidiano y racional de su pasado, un machista conocedor de su historia y de su perspectiva en el mundo no puede ser más que eso: un machista ilustrado. Aberrante pensar entonces en que un hombre dimensionado por la historia que le ha enseñado a ser consciente de su condición, tomase la actitud simplista de indiferencia frente a las cuestiones de género.
Pero hemos aprendido a no maltratar a las mujeres, lo cual nos hace mejores seres humanos… Pero por supuesto que es un pésimo argumento. No golpear a una mujer, así como no agredirla de modo alguno no constituye de manera alguna haber resuelto las discusiones alrededor de los problemas de género. Dígase esto el día en que ellas mismas hayan abandonado la idea de andar por ahí aporreando a los infantes que de su propia entraña han salido, tal y como lo hacen a diario, como quien maltrata una muñeca de trapo.
Y es que alguien ha dicho que en el seno del machismo ilustrado se concibe como válido cualquier atropello a las mujeres, quizá por el simple hecho de tratarse de machismo en sí mismo. Pero no puede tratarse de esto en forma alguna. No es un machismo para golpeadores de mujeres, para sometedores de infantes ni para generales descuartizadores de los que se visten de palomos en nuestra patria y besan a su mujer mientras lavan sus manos manchadas de sangre.
¡Aparte hipocresía! Dejar de aporrear mujeres nunca fue dejar de ser hombres, ni mucho menos. Quien creyera esto, es un verdadero machista, al mejor estilo de los retratos cavernícolas en los que el dueño arrastra su propiedad por el piso mientras sostiene un mazo en la mano opuesta.
Y en el otro extremo: aporrearlas nunca ha sido demostrar la hombría. Ese es un ejercicio tan envilecedor como agredir a un infante; Sin embargo, dirá nuestra amplia horda de lectores, ya sean hombres o mujeres: ¡si es que el maltrato físico no es el único que se aplica sobre las mujeres!
Pero, ¡Por supuesto que no! Pero sí es el más denigrante. Ese es precisamente el camino de entrada para hablar de los demás maltratos, y cuando me refiero a este en particular, deseo dimensionarlo a los demás, cosa que debe quedar clara.
De otra parte, continuando con nuestro análisis: qué más ambiguo que argumentar que a las mujeres no se las debe maltratar basándonos en argumentos relativos a su condición femenina. No puedo compartir este orden de ideas, simplemente porque coloca a la mujer en posición de objeto. No agredir a una mujer simplemente debe partir de una premisa moral particular; de una postura hacia la vida y la propia existencia; no se puede andar por ahí golpeando todo lo que se nos antoje débil y mostrando respeto a todo lo que se nos muestre suficientemente fortalecido como para responder a la agresión.
El respeto integral a al mujer solo puede partir de un discurso de equidad, si socialmente queremos referirnos al caso, o de el perfeccionamiento ético si de manera individual asumimos el asunto.
Luego, tenemos un punto más que abordar: se acaba el problema con el respecto a las mujeres, aparentemente. Pero qué puede una mujer o un hombre dar por ganado si se supera el problema del maltrato asociado al género, si no es simplemente el asunto del bienestar físico y moral de las mujeres.
Ahora bien, no se ha hablado de la doble vía que debe asumir esa superación de los problemas de género.
O. Oswaldo Duarte R.
Y Dios Creó al hombre…
Entonces Dios Creó al hombre: “…y vio que era bueno…”. Así, de un costado de su humana esencia primigenia arrancó del vació a su antagonista y eterna compañera.
Pero, ¿de qué absurda mitología se nutre esta esencia creacionista que ha colocado al hijo por delante de la madre y al útero, como residuo, acaecido de la cima de su engendro natural?
Razón tendría la dama en molestarse ante tan absurda genealogía que ha negado su esencia primigenia, la procreación, a sabiendas de que tal idolatría creacionista rige la psique de millares de seres humanos… le ha sido arrancado su lugar en el universo, al mismo tiempo que se le ha dejado la única opción de esperar en el parto la reivindicación de sentirse portadora, única verdad entre los hombres, de una de las esenciales potencias de la existencia: la vida.
De otra parte, si creyese en esta mitología con todo y el contenido absurdo que porta, nuestra dama, la mujer universal, solo puede sentirse importante al negar su lugar original como “vientre” y sentarse sobre la plácida estera de la pasividad, que le ha sido entregada como don fundamental; lo demás vendría como añadidura… ¡Negarse al parto sería su forma más elevada de rebeldía!
Frente a semejante génesis, ¡razón tendría la damisela en levantar su voz contra aquel que ha sido concebido como su padre y afirmarse en la rebelión absurda que le lleva a negar al otro! No puede ser otra cosa que feminismo, aquello que impulse el motor de su existencia…
¿Es esto acaso, esa mitología de los géneros, lo que debe impulsar a la mujer a escudriñar su papel en el universo? Pero si el mito fuese desechado, si negásemos como principio tal costilla absurda que en el púlpito afirma el orden unilineal de las cosas, ¿tendría ante qué levantarse nuestra doncella mancillada?
De otra extraña manera: ¿puede el feminismo atacar la esencia de las cosas no desde el historicismo aquel que hace ver a la dama como objeto de la utilidad masculina, sino desde aquello que igualmente aqueja al hombre mismo, y le entrega la espada y el bolsillo lleno de monedas como única forma de ser sujeto?
Cuán diferente es entonces la comprensión del discurso feminista cuando, ¡por fin! debe responder a sus detractores por aquello que precisamente les acongoja y carga de tragedia: ser el macho, el sujeto histórico de poder, que ha de ceder un trozo de su parcela a ella, que en pugna con su naturaleza, cree ciegamente la tara de ganar para sí el derecho a sufrir aquello que atribuye al otro como privilegio; ir a la guerra, afirmar su fuerza y verse condicionado a la masculinidad para desplegar dignamente su esencia humana.
Qué corto es entonces el discurso feminista en su comprensión del otro. Qué poco espacio vital deja a aquel que ve como su yugo, la causa de sus pesares, más cuando no comprende que comparten la misma asfixiante soga.
¿Y si fuese ahora ya no la dama, sino el caballero quien reclamase su lugar en el universo, un lugar digno, alejado de la mitología que le convierte en sátiro, guerrero, verdugo y amante?
Cuando Lilith ha reventado de fervor enceguecido contra Yahvé y el hombre por aquello de indignante que hay en su postura y en su genealogía, es cuando en el mito nuestra dama, aquella sobre la cual versa esta historia, confunde al caballero de espadas con el verdadero dragón que la consume en una bocanada…
Alguien seguramente le habrá preguntado al soldado si desea asumir ese rol, o si desea partir su lomo hasta el agotamiento para satisfacer el capricho de su doncella quien en su candoroso lecho, pobre de ella, espera a recibir los favores de su “enemigo”… Puede decirse sin temor a refutación que no ha sido así de modo alguno; simplemente es algo que aquel debe hacer, mientras la ensoñada princesa se feria en su vanidad para alcanzar aquello que si fuera realmente libre no podría obtener de este orden de cosas.
Entonces, del beso encaprichado de la dama al sapo ha de salir no el sapo en su verdadera dimensión, sino aquello que ella, y todas aquellas que se le asemejen esperarían: una ilusión; una falacia vestida de dorados cabellos; un príncipe que ha de asegurar su existencia y su supervivencia, a salvo de los dragones, los caballeros negros, encerrada en su palacio de alfombras rojas y copas de cristal…
Espera entonces sentada en tu avejetada estera a que aquel se acerque a ceder de su histriónico papel, un pequeño parlamento para recitar; habla entonces la “señora de tal…”, para defender a las de su género, porque aquel que calienta su útero con su savia, no le ha cedido un guión más elocuente y sobrecogedor.
Pareciera así, que una orden de monstruos fálicos ha tomado el poder por el mango para clavar sobre el cráneo de aquellas, a veces convenientemente débiles, el mazo de la esclavitud… Resulta fácil pensar en esto, para decir luego que el mundo ha sido creado con un trono que otro (el hombre) disfruta a costa de la mujer; trono que ha de ser arrebatado.
Resulta más problemático, pero más justo a la vez, afirmar que no existe tal maquiavélica genealogía de la humanidad. Si este ha tomado su papel sin ser consultado, es porque aquella que se apesadumbra de sí misma saca el conveniente provecho de la situación, y ahora, luego de tantos años desea, víctima de su capricho, saberse poseedora de una verdad reveladora viendo en su relación con el otro no una paridad necesaria sino una cadena de la cual debe liberarse.
Peligrosamente esa simbiosis natural que constituye la relación hombre mujer y que apunta a necesidades tan básicas como la reproducción, parece verse rota por un conflicto apuntado en dirección equivocada. Siendo el problema de género el papel de ambos en la sociedad, se tiende una cortina de humo para afirmar que el problema se aloja en el papel que ha de cumplir la mujer, exclusivamente, con respecto al hombre.
Surge entonces una competencia absurda en la que sin saberlo, ambos, hombres y mujeres, pierden el sentido de su ser y confusamente creen que la sociedad tristemente “acabada” en la que coexisten, es el terreno para negarse absurdamente el uno al otro. Queda de un lado el histórico y monstruoso machismo, y en oposición, el feminismo. ¿A partir de qué fundamenta el discurso feminista su distanciamiento frente a los hombres?
Pareciera ser a partir de una supuesta construcción machista de la historia, en la que el género pareciese atravesarlo todo, más allá de la comprensión de la ideología, de la política, de la economía, que han pasado por encima de ambos, y atribuyéndoselas al papel que los “machos” han cumplido en la construcción del mundo.
¿Y si el hombre se ilustrase acerca de esa misma historia para afirmar su papel, para saberse agente de unos yugos que ella misma ha consentido apenas ha podido, y que desde su tierna maternidad incuba en quienes sujetarán la historia venidera, sin reconocer que de esta maraña de desafueros ella ha de hacerse también responsable?
Habría de temblar el feminismo bajo sus retocadas faldas haciendo con la juntura de sus rodillas una musiquilla de atemorizadas, pues toda aquella elocuencia quedaría en el piso, sin más remedio que afrontar una construcción de la historia, no desde la diferencia como damas candorosas, sino desde la reconstrucción de ese mundillo del que parecieran no tener la culpa, tan acabado como lo pretenden, y en el cual solo hace falta una mujer genocida (de las cuales no nos ha hecho falta ejemplos) que apriete el botón de la destrucción humana, de la explotación y de la barbarie…
Del conocimiento de la dimensión del hombre, como sujeto verdaderamente liberado, esto es, desde el ilustrarse (ilustración que a ambos les es negada como si se tratase de mendigos), ha de superarse esa maniquea construcción de la verbalidad feminista, y construir además un reconocimiento de aquello que le atormenta, le socava, le disminuye, y le hace creer que su maldad se aloja en no ser bueno con ella por no haberle entregado un pedacito de esa tiranía que él administra.
O. Oswaldo Duarte R.
Feminismo y sociedad
El feminismo ha sostenido a través de muchos años legitimas y meritorias luchas en procura de la dignificación de su papel, del alcance de su función como sujeto de derechos, para llenar de sentido todo un vació jurídico, político y económico para sí en la sociedad. Pero las mujeres en esa función han estado en realidad bordeando, solo una parte de el problema; el de las garantías de las que pueden gozar como individuos dentro de la sociedad liberal de mercados.
¿Pero hasta qué punto las actuales condición del mercado desatan y reclaman estas luchas para insertar y desarrollar toda una política coherente de la oferta y demanda?
La actual sociedad capitalista ha desarrollado fascinantes posibilidades de tecnología, movilización, consumo y reproducción, abarcando las posibilidades de intercambio cultural, intelectual y artístico que nos permiten acercarnos cada vez más a la idea de una cultura global donde todos podamos gozar del intercambio cosmopolita que se nos ofrece. Pero, es en este mismo punto donde se concentra, la esencia misma de la incoherente lucha feminista, hasta nuestra propia tragedia moderna, ya que estas actividades pierden todo valor humano en medio del miedo, la necesidad, escasez y zozobra generados por el capitalismo; que dentro de la sociedad actual que lo sustenta, marcada por la interdependencia de la política y la economía, en donde sus relaciones son valoradas no por la normatividad (en este caso la necesaria igualdad de los derechos de las mujeres frente a los hombres), si no por el rendimiento funcional que esta ofrece (mujeres integrando el sistema mundial de producción y consumo); es decir el principio de racionalidad de lo económicamente viable, que es fundamental en el desarrollo del capitalismo para ordenar y constituir toda la amplia falacia de una sociedad democrática, donde supuestamente todos somos iguales frente a todos y podemos gozar de nuestras libertades, aunque en la realidad no exista un alcance global y total de nuestros derechos comunes, y donde el reinado de la inequidad nos atraviesa por igual, mas allá de nuestra barreras de géneros.
Semejantes en su desdicha son el hombre y la mujer que intentan subsistir, pero se ven condenados a desenvolverse según las demandas del mercado que llama a su puerta para que busquen la manera de vender su fuerza laboral a fin de no tornarse obsoletos; semejante infortunio padecen cuando en busca de su propio desarrollo, quizás de la construcción poética del mundo, de la realización del romántico amor que de vez en cuando nos une o de la esperanza reveladora que en los ojos de sus crios reconocen, súbitamente desaparecen sus certezas, cuando entienden que todas sus habilidades humanas, están destinadas nada mas que ha producir mas capital para el capital .
Un gran número de mujeres (entre ellas las más audaces feministas) han codiciado la ilusión que deslumbra, moldea y expande los deseos de todos por el mundo. Pueden ahogarse en la complacencia en tanto los alcances de sus luchas les permite llenar fabricas y oficinas, obtener solvencia económica, vestir trajes de paño con pantalón y corbata (como muestra simbólica de su igualdad con los hombres), hasta que son suspendidas, relegadas y reemplazadas por las reducciones de personal, los cierres de empresas o los contratos de servicios.
Y allí estamos los que estamos, con sostén o sin él no nos damos cuenta que quien por alguna argucia que permite el sistema, se encuentra fugazmente en una posición de poder que le permite apilar papeles sobre nuestro escritorio o ponernos el delantal para servir los tintos es uno más de nuestra clase y nuestro congénere.
Así el problema no es qué dedo tiene la prelación para accionar el botón de la bomba atómica; si el de la bella, suave y delicada doncella o el del rudo y ordinario macho, ya que ambas opciones cambian según las fluctuaciones de la bolsa.
La realidad crucial es que, solo si se asumen nuevas reflexiones más incluyentes y solidarias, donde las determinaciones de lo físico y lo biológico sean para cada cual, el contraste necesario de nuestros roles y una mirada existencial y moral nutra de sentido nuestras vivencias como género, será posible una suerte de entendimiento donde hombres y mujeres descubran individual y colectivamente, quiénes son partiendo no desde la distancia del imaginado territorio que cada sexo gobierna, si no de la diferencia que es reconocimiento del otro como nuestro complemento, nudo de nuestra esencia subjetiva y revelación de una masculinidad dotada de experiencia materna, junto a una femineidad dada para fecundar el mundo.
A medida que en este camino nos enteramos quiénes somos, llegaremos al lugar en el que nos necesitaremos unos a otros a fin de resolver nuestras circunstancias, de lo contrario las necesidades de autodeterminación, seguirán siendo esculpidas por las posibilidades de pensar, vestir, confort y deseo que nos ofrece el consumo, mientras se nos sigue preguntando quien abre la puerta del carro, quien lleva la maleta mas pesada, o qué patriarca machista excluye a la mujer de su legitimo derecho de ser explotada bajo un yugo que por lo menos no ostenta falo.
Miguel Pardo Uribe