Tragicomedia en dos actos Pt. I

Abril 16, 2006 at 12:49 am (Tragicomedia en dos actos Pt. I)

Mira la dama a su pretendiente con los ojos de quien se indigna por el desafuero. Invoca el derecho a la prioridad por poseer menos fuerza, quizá, por considerarse menos tal vez. Dice entonces a este, quien mira con bobalicona cara y labios entreabiertos: “¡no pareces un caballero!” Entonces, aquel tan convencido de su falta de consideración se postra ante la dama y con la poca fuerza que le cubre recoge sus maletas y las pasea como un borracho, tambaleándose, hasta donde el capricho de la virgen le antoje llegar…

 

Metros adelante, con los brazos cansados por el esfuerzo en frío, deseoso de apresurar el paso, y antes de poder reaccionar ante su torpeza, escucha la voz recriminatoria: “las mujeres primero, ¡Primero!”. Sin ser conciente de su errada actuación descubre que ha dado un paso por delante de ella y ahora ha cruzado la puerta un segundo antes, y casi, justo hubiera sido que sucediera así, da un golpazo con el ala de vidrio de la puerta del almacén de modas en el narigón rostro de su doncella.

Así ha sido durante todo el día, durante muchos días, varias semanas, y quizá algunos meses. Así ha sido con este comediante que he tratado de retratar, como con todos aquellos que pretenden ser “caballeros”; ¡pero siempre están incompletos!

 

La hombría del hombre es lo que primero pone en duda la dama. Que debes llevar y traer, que debes pagar tú, que debes reservarte las tareas físicamente forzosas, que debes durar bastante, etc. En fin, toda una ralea interminable de delicadezas a las que ha de someterse quien pretenda pretender a una dama. ¡Y pobre de aquel que logre ese mediocre objetivo! No pudiendo descansar de la faena inicial, si acaso ha logrado que una dama le acoja en su corazón, ha de saber qué complicado debe proseguir su camino. No solo deberá soportar desde las más groseras impuntualidades hasta los caprichos más estrambóticos (que ahora quiero, pero que ya no, por ejemplo), sino que será objeto de la más disimulada pérdida de autonomía.

 

Ya no podrá ser él. Ahora, según sea el caso más afortunado, será el de mostrar. ¡Qué honor te han hecho mozalbete! Como en una sátira al mejor estilo de Cortazar, esta es la versión amorosa de Instrucciones Para dar Cuerda a un Reloj. Seamos explícitos; nuestro don Juan asegura haber ligado a la dama, pero cuando menos ha pensado, su existencia ha sido medida con un hilillo desafortunado, y más que un merecimiento todo esto no puede verse más que como una entrega. Sin darse cuenta, la autonomía, y un sin fin de dimensiones personales habrán sido entregadas a la administración de la otra. Y ella, por supuesto, utilizará no solo sus encantos, sino todo ese haber de conocimientos en manipulación para lograr, desde una invitación, hasta el mismísimo matrimonio; y de lo demás ni hablemos, porque ya es historia patria. Se repite y se repite.

 

Pero de dónde nuestro galán ha heredado esa actitud entreguista, esa falta de dignidad con sigo mismo, hasta convertirse casi en un ser sin autonomía…

 

¡No diremos que de su madre primeramente, porque también ha estado allí su padre! Qué horror descubrir que esta fábula no la protagoniza un gran bobalicón, sino simplemente un joven de a pie, común y corriente, que no hace más que acomodarse a lo que en su medio está establecido. Si no se acomoda, seguramente perderá la opción de asegurarse un útero reproductor de su genética…

 

Nadie ha estado ahí para enseñarle una opción diferente. Más que ignorante de su situación, satisfecho con ella; reproducirá aquello que le ha sido envasado por tantos a su alrededor en un sin fin de escenarios. Y, ¡cómo condenará aquellos quienes se salgan del molde! Es un orate de las circunstancias, un prisionero de los hechos ajenos a su voluntad, un mendigo que se arrastra sin saberlo, un ignorante de la posibilidad de que las relaciones afectivas tomen un rumbo diferente. En pocas palabras, carece de ilustración frente a las infinitas posibilidades al margen de las convencionales relaciones hombre-mujer.

 

¡Monstruo! Replicará alguno, ¡Salvaje! Dirá por ahí otro, ¡Desadaptado! No quedará sin oirse, ¡Afeminado! Gritará el más macho, ¡Machista! Dirá el más perceptivo… Justamente eso; machista; machista conciente de su condición y de sus posiblilidades; esto es, un MACHISTA ILUSTRADO.

 

Formado en el ejemplo cotidiano y racional de su pasado, un machista conocedor de su historia y de su perspectiva en el mundo no puede ser más que eso: un machista ilustrado. Aberrante pensar entonces en que un hombre dimensionado por la historia que le ha enseñado a ser consciente de su condición, tomase la actitud simplista de indiferencia frente a las cuestiones de género.

 

Pero hemos aprendido a no maltratar a las mujeres, lo cual nos hace mejores seres humanos… Pero por supuesto que es un pésimo argumento. No golpear a una mujer, así como no agredirla de modo alguno no constituye de manera alguna haber resuelto las discusiones alrededor de los problemas de género. Dígase esto el día en que ellas mismas hayan abandonado la idea de andar por ahí aporreando a los infantes que de su propia entraña han salido, tal y como lo hacen a diario, como quien maltrata una muñeca de trapo.

 

Y es que alguien ha dicho que en el seno del machismo ilustrado se concibe como válido cualquier atropello a las mujeres, quizá por el simple hecho de tratarse de machismo en sí mismo. Pero no puede tratarse de esto en forma alguna. No es un machismo para golpeadores de mujeres, para sometedores de infantes ni para generales descuartizadores de los que se visten de palomos en nuestra patria y besan a su mujer mientras lavan sus manos manchadas de sangre.

 

¡Aparte hipocresía! Dejar de aporrear mujeres nunca fue dejar de ser hombres, ni mucho menos. Quien creyera esto, es un verdadero machista, al mejor estilo de los retratos cavernícolas en los que el dueño arrastra su propiedad por el piso mientras sostiene un mazo en la mano opuesta.

 

Y en el otro extremo: aporrearlas nunca ha sido demostrar la hombría. Ese es un ejercicio tan envilecedor como agredir a un infante; Sin embargo, dirá nuestra amplia horda de lectores, ya sean hombres o mujeres: ¡si es que el maltrato físico no es el único que se aplica sobre las mujeres!

 

Pero, ¡Por supuesto que no! Pero sí es el más denigrante. Ese es precisamente el camino de entrada para hablar de los demás maltratos, y cuando me refiero a este en particular, deseo dimensionarlo a los demás, cosa que debe quedar clara.

 

De otra parte, continuando con nuestro análisis: qué más ambiguo que argumentar que a las mujeres no se las debe maltratar basándonos en argumentos relativos a su condición femenina. No puedo compartir este orden de ideas, simplemente porque coloca a la mujer en posición de objeto. No agredir a una mujer simplemente debe partir de una premisa moral particular; de una postura hacia la vida y la propia existencia; no se puede andar por ahí golpeando todo lo que se nos antoje débil y mostrando respeto a todo lo que se nos muestre suficientemente fortalecido como para responder a la agresión.

 

El respeto integral a al mujer solo puede partir de un discurso de equidad, si socialmente queremos referirnos al caso, o de el perfeccionamiento ético si de manera individual asumimos el asunto.

 

Luego, tenemos un punto más que abordar: se acaba el problema con el respecto a las mujeres, aparentemente. Pero qué puede una mujer o un hombre dar por ganado si se supera el problema del maltrato asociado al género, si no es simplemente el asunto del bienestar físico y moral de las mujeres.

Ahora bien, no se ha hablado de la doble vía que debe asumir esa superación de los problemas de género.

 

O. Oswaldo Duarte R.

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