Tragicomedia en dos actos Pt. II

Abril 16, 2006 at 1:01 am (Tragicomedia en dos actos Pt. II)

 

Ese intrépido mozalbete con el que hemos iniciado el apartado anterior no puede esperar sentirse más que como un buen tipo. De plano desecho del trogloditismo asociado a la patanería de quien maltrata una dama, agacha ahora la cabeza ante la presencia de aquella, y no pocas veces siéntese impotente ante sus caprichos, y ahora, la patanería de ella.

 

Seguramente debemos decir que es un buen tipo. Se perfuma y lava hasta el último rincón de su humanidad, llena su bolsa de cuanto doblón le resulta asequible y procura colocar su abrigo sobre los hombro de ella así la lluvia y esa tos catarruda pueda carcomer su pulmón. Y ella, ¡como si nada!

 

Pero qué podemos decir entonces ahora. ¡Qué bien criado este pelafustanillo de quien hasta su madre, no pocas veces ha dicho que no sirve ni para llevar a una dama la cama!

 

Si, es innegable. En su bobaliconería que le lleva a decir que no es machista, simplemente porque observa con las damas unos buenos hábitos de urbanidad, cree ser un alguien que trasciende lo divino y lo humano. Pero se miente como quien cree poder correr y dejar atrás su sombra. ¡Nos hemos ido al otro extremo! Nuestro héroe es aquejado por una enfermedad aguda e irremediable. Ha entregado a ella su propia dignidad, solo para que ella se sienta más digna.

 

Se arrastra; piensa en ella como una joya indefensa y se ha hecho más daño a sí mismo que bien a ella, puesto que ahora la concibe como una retrasada, como un ser eternamente incapaz de valerse por sus medios. La trata con eterna disculpa, y la mira a los ojos tan enamorado como el que más, sin descubrir que tras ese aparente estuche de porosa textura se esconde nada más, ni nada menos, que ¡un ser humano idéntico a él!

 

¡Pobre famélico poeta! En tu elucubración poética has convertido a la dama en el envase de todas las razonables y bondadosas pasiones humanas; no has hecho más que un irreparable daño a ella y a ti mismo… Cómo padece ella las mismas vejaciones que tú, cómo es portadora de las mismas aberrantes pasiones de esta decadente cultura nuestra…

 

Tú nunca podrías verlo, pero ahora me toca el turno a mí; déjame comentarte este pequeño secreto que te hará caer boquiabierto al foso del pavor cuando se rompa ese pedestal marmóreo en el cual le has colocado: ¡es igual a ti! ¡Padece de los mismos vicios y le atormentan las mismas pasiones! Antes que ser mujer ha sido un ser humano al que paulatinamente fuiste entregando tu libertad, al ritmo que idealizabas su condición, que nada de especial puede tener si te colocas a su lado o le miras de frente.

 

Por supuesto, aquella mitología tan carente de modernidad que ha convertido a la mujer en el último sobrante de la creación, tiene una versión para ti. Así como fuiste criado por ella, por ese sobrante de la creación, por esa última ocurrencia divina, aquella leyenda te dice que entonces en su útero se aloja el principio de todas las cosas. ¡Qué aberrante ironía! Ahora esa mujer invirtió mágicamente su papel y es la madre de tu Dios.

 

¡Pamplinas! Mírate al mismo espejo que ella. No se puede liberar al otro de un yugo para entregarle ahora las riendas de la tiranía ni para feriar en sus manos el peso de nuestra libertad. Pero de la misma necesidad libertaria que la mujer siente frente a su sociedad debes verte tú imbuido; Es precisamente allí donde se aloja el yugo que a los dos corroe por dentro: es la construcción que históricamente han elevado a la posteridad. No se diga entones que la mujer no reproduce igualmente los más aberrantes vicios de la humanidad, que no es responsable de este estado de cosas, porque no puede esconderse tras una aparente condición histórica para dar la espalda a la historia.

 

Más sensibles, de acuerdo. Más delicadas, de cuerdo. Mas no sea esto el derrotero para negar cómo de vuestras manos ha surgido la barbarie y la tiranía, Oh, reina Margot, Oh, Condesa Bathory, Oh, Margaret Tatcher, Oh, Golda Meyer, Oh, Madre golpeadora, Oh, amada chantajista y voluntariosa, con la cual nuestra condición humana se ha degradado hasta este punto tan confuso. No os creáis al margen de lo más sensible de la condición humana o de no haber aportado un granito de arena a este marasmo de confusiones.

 

Si tan solo utilizaseis vuestros encantos para acabar el hambre del mundo que habitas, para transformarlo todo. Pero nada de eso. Por el contrario tu enamorado se retuerce con el peso de esa cultura que tú aprovechas. Desconoce su historia y solo entiende a medias la tuya; Así como se considera todo, menos un machista, debo revelaros que en su tragedia bondadosa no alcanza aún a ser un hombre. No estás suficientemente ilustrado, a pesar de creer saberlo todo acerca del mundillo de hombres y mujeres.

O. Oswaldo Duarte R.

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