Feminismo y sociedad

Abril 16, 2006 at 12:09 am (Feminismo y Sociedad)

El feminismo ha sostenido a través de muchos años legitimas y meritorias luchas en procura de la dignificación de su papel, del alcance de su función como sujeto de derechos, para llenar de sentido todo un vació jurídico, político y económico para sí en la sociedad. Pero las mujeres en  esa función han estado en realidad bordeando, solo una parte de el problema; el de  las garantías de las que pueden gozar como individuos dentro de la sociedad liberal de mercados.

¿Pero hasta qué punto las actuales condición del mercado desatan y reclaman estas luchas para insertar y desarrollar toda una política coherente de  la oferta y demanda?

 

La actual sociedad capitalista ha desarrollado fascinantes posibilidades de tecnología, movilización, consumo y reproducción, abarcando las posibilidades de intercambio cultural, intelectual y artístico que nos permiten  acercarnos cada vez más a la idea de una cultura global donde todos podamos gozar del intercambio cosmopolita que se nos ofrece. Pero, es en este mismo punto donde se  concentra, la esencia misma de la incoherente lucha feminista, hasta nuestra propia tragedia moderna, ya que estas actividades pierden todo valor humano en medio del miedo, la necesidad, escasez y zozobra generados por el capitalismo;  que dentro de la sociedad actual que lo sustenta, marcada por la interdependencia de la política y la economía, en donde sus relaciones son valoradas no por la normatividad (en este caso la necesaria igualdad de los derechos de las mujeres frente a los hombres), si no por el rendimiento funcional que esta ofrece (mujeres integrando el sistema mundial de producción y consumo); es decir el principio de racionalidad de lo económicamente viable, que es fundamental en el desarrollo del capitalismo para ordenar y  constituir  toda la amplia falacia de una sociedad democrática, donde supuestamente todos somos iguales frente a todos y podemos gozar de nuestras libertades, aunque en la realidad no exista un alcance global y total de nuestros derechos comunes, y donde el reinado de la inequidad nos atraviesa por igual, mas allá de nuestra barreras de géneros.

Semejantes en su desdicha son el hombre y la mujer que intentan subsistir, pero se ven condenados a desenvolverse según las demandas del mercado que llama a su puerta para que busquen  la manera de  vender su fuerza laboral a fin de no tornarse obsoletos; semejante infortunio padecen cuando en busca de su propio desarrollo, quizás de la construcción poética del mundo, de la realización del romántico amor que de vez en cuando nos une o de la esperanza reveladora que en los ojos de sus crios reconocen, súbitamente desaparecen sus certezas, cuando entienden que todas sus habilidades humanas, están destinadas nada mas que ha producir mas capital para el capital .

Un gran número de mujeres (entre ellas las más audaces feministas) han codiciado la ilusión  que deslumbra, moldea y expande los deseos de todos por el mundo. Pueden ahogarse en la complacencia en tanto los alcances de sus luchas les permite llenar  fabricas y  oficinas, obtener solvencia económica,  vestir trajes de paño con pantalón y corbata (como muestra simbólica de su igualdad con los hombres), hasta que son suspendidas, relegadas y reemplazadas por las reducciones de personal, los cierres de empresas o los contratos de servicios.

Y allí estamos los que estamos, con sostén o sin él no nos damos cuenta que quien por alguna argucia que permite el sistema, se encuentra fugazmente en una posición de poder que le permite apilar papeles sobre nuestro escritorio o ponernos el delantal para servir los tintos es uno más de nuestra clase y nuestro congénere.

Así el problema no es qué dedo tiene la prelación para accionar el botón de la bomba atómica; si el de la bella, suave y delicada doncella o el del rudo y ordinario  macho, ya que ambas opciones cambian según las fluctuaciones de la bolsa.

La realidad crucial es que, solo si se asumen nuevas reflexiones más incluyentes y solidarias, donde las determinaciones  de lo físico y lo biológico sean para cada cual, el contraste necesario de nuestros roles y   una mirada existencial y moral nutra de sentido  nuestras vivencias como género, será posible una suerte de entendimiento donde hombres y mujeres  descubran individual y colectivamente, quiénes son partiendo no desde la distancia del imaginado territorio que cada sexo gobierna, si no de la diferencia que es  reconocimiento del otro como nuestro  complemento, nudo de nuestra esencia subjetiva y revelación de una masculinidad dotada de experiencia materna, junto a una femineidad dada para  fecundar el mundo.

A medida que en este camino nos enteramos quiénes somos, llegaremos al lugar en el que nos necesitaremos unos a otros a fin de resolver nuestras circunstancias, de lo contrario las necesidades de autodeterminación, seguirán siendo esculpidas por las posibilidades de pensar, vestir, confort y deseo que nos ofrece el consumo, mientras se nos sigue preguntando quien abre la puerta del carro, quien lleva la maleta mas pesada, o qué patriarca machista excluye a la mujer de su legitimo derecho de ser explotada bajo un yugo que por lo menos no ostenta falo.

 

Miguel  Pardo Uribe 

 

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