Y Dios Creó al hombre…
Entonces Dios Creó al hombre: “…y vio que era bueno…”. Así, de un costado de su humana esencia primigenia arrancó del vació a su antagonista y eterna compañera.
Pero, ¿de qué absurda mitología se nutre esta esencia creacionista que ha colocado al hijo por delante de la madre y al útero, como residuo, acaecido de la cima de su engendro natural?
Razón tendría la dama en molestarse ante tan absurda genealogía que ha negado su esencia primigenia, la procreación, a sabiendas de que tal idolatría creacionista rige la psique de millares de seres humanos… le ha sido arrancado su lugar en el universo, al mismo tiempo que se le ha dejado la única opción de esperar en el parto la reivindicación de sentirse portadora, única verdad entre los hombres, de una de las esenciales potencias de la existencia: la vida.
De otra parte, si creyese en esta mitología con todo y el contenido absurdo que porta, nuestra dama, la mujer universal, solo puede sentirse importante al negar su lugar original como “vientre” y sentarse sobre la plácida estera de la pasividad, que le ha sido entregada como don fundamental; lo demás vendría como añadidura… ¡Negarse al parto sería su forma más elevada de rebeldía!
Frente a semejante génesis, ¡razón tendría la damisela en levantar su voz contra aquel que ha sido concebido como su padre y afirmarse en la rebelión absurda que le lleva a negar al otro! No puede ser otra cosa que feminismo, aquello que impulse el motor de su existencia…
¿Es esto acaso, esa mitología de los géneros, lo que debe impulsar a la mujer a escudriñar su papel en el universo? Pero si el mito fuese desechado, si negásemos como principio tal costilla absurda que en el púlpito afirma el orden unilineal de las cosas, ¿tendría ante qué levantarse nuestra doncella mancillada?
De otra extraña manera: ¿puede el feminismo atacar la esencia de las cosas no desde el historicismo aquel que hace ver a la dama como objeto de la utilidad masculina, sino desde aquello que igualmente aqueja al hombre mismo, y le entrega la espada y el bolsillo lleno de monedas como única forma de ser sujeto?
Cuán diferente es entonces la comprensión del discurso feminista cuando, ¡por fin! debe responder a sus detractores por aquello que precisamente les acongoja y carga de tragedia: ser el macho, el sujeto histórico de poder, que ha de ceder un trozo de su parcela a ella, que en pugna con su naturaleza, cree ciegamente la tara de ganar para sí el derecho a sufrir aquello que atribuye al otro como privilegio; ir a la guerra, afirmar su fuerza y verse condicionado a la masculinidad para desplegar dignamente su esencia humana.
Qué corto es entonces el discurso feminista en su comprensión del otro. Qué poco espacio vital deja a aquel que ve como su yugo, la causa de sus pesares, más cuando no comprende que comparten la misma asfixiante soga.
¿Y si fuese ahora ya no la dama, sino el caballero quien reclamase su lugar en el universo, un lugar digno, alejado de la mitología que le convierte en sátiro, guerrero, verdugo y amante?
Cuando Lilith ha reventado de fervor enceguecido contra Yahvé y el hombre por aquello de indignante que hay en su postura y en su genealogía, es cuando en el mito nuestra dama, aquella sobre la cual versa esta historia, confunde al caballero de espadas con el verdadero dragón que la consume en una bocanada…
Alguien seguramente le habrá preguntado al soldado si desea asumir ese rol, o si desea partir su lomo hasta el agotamiento para satisfacer el capricho de su doncella quien en su candoroso lecho, pobre de ella, espera a recibir los favores de su “enemigo”… Puede decirse sin temor a refutación que no ha sido así de modo alguno; simplemente es algo que aquel debe hacer, mientras la ensoñada princesa se feria en su vanidad para alcanzar aquello que si fuera realmente libre no podría obtener de este orden de cosas.
Entonces, del beso encaprichado de la dama al sapo ha de salir no el sapo en su verdadera dimensión, sino aquello que ella, y todas aquellas que se le asemejen esperarían: una ilusión; una falacia vestida de dorados cabellos; un príncipe que ha de asegurar su existencia y su supervivencia, a salvo de los dragones, los caballeros negros, encerrada en su palacio de alfombras rojas y copas de cristal…
Espera entonces sentada en tu avejetada estera a que aquel se acerque a ceder de su histriónico papel, un pequeño parlamento para recitar; habla entonces la “señora de tal…”, para defender a las de su género, porque aquel que calienta su útero con su savia, no le ha cedido un guión más elocuente y sobrecogedor.
Pareciera así, que una orden de monstruos fálicos ha tomado el poder por el mango para clavar sobre el cráneo de aquellas, a veces convenientemente débiles, el mazo de la esclavitud… Resulta fácil pensar en esto, para decir luego que el mundo ha sido creado con un trono que otro (el hombre) disfruta a costa de la mujer; trono que ha de ser arrebatado.
Resulta más problemático, pero más justo a la vez, afirmar que no existe tal maquiavélica genealogía de la humanidad. Si este ha tomado su papel sin ser consultado, es porque aquella que se apesadumbra de sí misma saca el conveniente provecho de la situación, y ahora, luego de tantos años desea, víctima de su capricho, saberse poseedora de una verdad reveladora viendo en su relación con el otro no una paridad necesaria sino una cadena de la cual debe liberarse.
Peligrosamente esa simbiosis natural que constituye la relación hombre mujer y que apunta a necesidades tan básicas como la reproducción, parece verse rota por un conflicto apuntado en dirección equivocada. Siendo el problema de género el papel de ambos en la sociedad, se tiende una cortina de humo para afirmar que el problema se aloja en el papel que ha de cumplir la mujer, exclusivamente, con respecto al hombre.
Surge entonces una competencia absurda en la que sin saberlo, ambos, hombres y mujeres, pierden el sentido de su ser y confusamente creen que la sociedad tristemente “acabada” en la que coexisten, es el terreno para negarse absurdamente el uno al otro. Queda de un lado el histórico y monstruoso machismo, y en oposición, el feminismo. ¿A partir de qué fundamenta el discurso feminista su distanciamiento frente a los hombres?
Pareciera ser a partir de una supuesta construcción machista de la historia, en la que el género pareciese atravesarlo todo, más allá de la comprensión de la ideología, de la política, de la economía, que han pasado por encima de ambos, y atribuyéndoselas al papel que los “machos” han cumplido en la construcción del mundo.
¿Y si el hombre se ilustrase acerca de esa misma historia para afirmar su papel, para saberse agente de unos yugos que ella misma ha consentido apenas ha podido, y que desde su tierna maternidad incuba en quienes sujetarán la historia venidera, sin reconocer que de esta maraña de desafueros ella ha de hacerse también responsable?
Habría de temblar el feminismo bajo sus retocadas faldas haciendo con la juntura de sus rodillas una musiquilla de atemorizadas, pues toda aquella elocuencia quedaría en el piso, sin más remedio que afrontar una construcción de la historia, no desde la diferencia como damas candorosas, sino desde la reconstrucción de ese mundillo del que parecieran no tener la culpa, tan acabado como lo pretenden, y en el cual solo hace falta una mujer genocida (de las cuales no nos ha hecho falta ejemplos) que apriete el botón de la destrucción humana, de la explotación y de la barbarie…
Del conocimiento de la dimensión del hombre, como sujeto verdaderamente liberado, esto es, desde el ilustrarse (ilustración que a ambos les es negada como si se tratase de mendigos), ha de superarse esa maniquea construcción de la verbalidad feminista, y construir además un reconocimiento de aquello que le atormenta, le socava, le disminuye, y le hace creer que su maldad se aloja en no ser bueno con ella por no haberle entregado un pedacito de esa tiranía que él administra.
O. Oswaldo Duarte R.