Y Dios Creó al hombre…

Abril 16, 2006 at 12:46 am (Y dios creó al hombre...)

Entonces  Dios Creó al hombre: “…y vio que era bueno…”.  Así, de un costado de  su humana esencia  primigenia  arrancó del vació a su antagonista y eterna compañera.

 
Pero, ¿de qué absurda  mitología  se nutre  esta esencia creacionista que ha colocado  al hijo por delante  de la madre y al útero, como residuo,  acaecido de la  cima de su engendro natural?

 

Razón tendría  la dama en molestarse ante tan absurda  genealogía que ha negado  su esencia primigenia, la procreación, a sabiendas de que tal  idolatría creacionista  rige la psique de  millares de  seres humanos… le ha sido arrancado su lugar en el universo, al mismo tiempo que se le ha dejado la única opción de esperar en el parto la reivindicación de   sentirse portadora, única verdad entre  los hombres, de una de las   esenciales potencias de la existencia: la vida.

 

De otra parte, si  creyese en esta mitología con  todo y el contenido absurdo que porta, nuestra dama, la mujer universal, solo puede  sentirse   importante al negar su lugar original como “vientre” y  sentarse sobre la plácida   estera  de la pasividad,  que  le ha sido entregada como don fundamental; lo demás vendría como añadidura…  ¡Negarse al parto sería su forma más elevada de  rebeldía!

 

Frente a semejante génesis,  ¡razón tendría la damisela en   levantar su voz contra aquel que ha sido   concebido como su padre y  afirmarse en  la rebelión absurda que le lleva a negar al otro! No puede ser otra cosa que feminismo, aquello que  impulse el motor de su existencia…

 

¿Es esto acaso, esa mitología de los géneros, lo que  debe impulsar  a  la mujer  a  escudriñar su  papel en el universo?   Pero  si el mito fuese  desechado,  si negásemos  como principio tal  costilla  absurda que  en el púlpito afirma el  orden unilineal de las cosas, ¿tendría ante qué  levantarse   nuestra doncella mancillada?

 

De otra  extraña manera: ¿puede  el feminismo  atacar la esencia de las cosas no desde  el historicismo aquel que  hace  ver a la dama como objeto  de la utilidad masculina, sino  desde  aquello que  igualmente   aqueja al hombre mismo, y le entrega la espada y el bolsillo lleno de monedas como única forma de ser sujeto?

 

Cuán diferente  es entonces la comprensión del discurso  feminista cuando, ¡por fin! debe responder a  sus detractores  por  aquello que precisamente  les acongoja y carga  de tragedia:  ser el macho, el sujeto  histórico de poder, que ha de ceder  un trozo  de su parcela a ella, que   en pugna con  su  naturaleza,    cree ciegamente la tara de   ganar para sí  el derecho a  sufrir aquello que atribuye al otro como privilegio; ir a la guerra,  afirmar su fuerza y  verse condicionado a la masculinidad para    desplegar dignamente su esencia humana.

 

Qué corto es entonces el discurso feminista en su comprensión del otro. Qué poco espacio vital  deja a aquel que ve como  su yugo, la causa de sus pesares, más cuando  no comprende    que comparten la misma asfixiante soga.

 

¿Y si fuese ahora ya no la dama, sino el caballero quien  reclamase  su lugar en el universo, un lugar digno,   alejado de la mitología que le convierte en sátiro, guerrero,  verdugo y amante?

 

Cuando Lilith  ha  reventado de fervor  enceguecido contra Yahvé y el hombre por aquello  de indignante que hay en  su postura y en su genealogía,  es cuando en el  mito   nuestra dama, aquella sobre la cual  versa esta historia, confunde  al  caballero de espadas con  el verdadero  dragón  que la consume en una bocanada…

 

Alguien  seguramente le habrá preguntado al soldado si  desea asumir ese rol, o si desea partir su lomo  hasta el agotamiento para   satisfacer el capricho   de su doncella  quien en su candoroso lecho, pobre  de ella, espera a  recibir los favores  de su  “enemigo”…  Puede decirse sin temor a refutación  que no ha sido así de modo alguno;  simplemente es algo  que aquel debe hacer, mientras la ensoñada princesa se feria en su vanidad para alcanzar aquello que si fuera realmente libre no podría obtener de este  orden de cosas.

 

Entonces,  del beso encaprichado de la  dama al sapo  ha de salir no el sapo en su verdadera dimensión, sino aquello que ella, y todas  aquellas que se le asemejen  esperarían: una ilusión; una falacia vestida de dorados cabellos; un príncipe que ha de asegurar su existencia y su supervivencia, a salvo de los dragones, los caballeros negros, encerrada en su palacio de alfombras rojas y copas de cristal…

 

Espera entonces sentada en tu  avejetada estera a que   aquel  se acerque a  ceder de su histriónico papel, un pequeño parlamento para  recitar;  habla entonces la “señora de tal…”,  para defender a las de  su género, porque  aquel que calienta   su útero con su savia, no le ha cedido un guión más elocuente y  sobrecogedor.

 

Pareciera así, que una orden de  monstruos fálicos ha  tomado  el poder por el mango para clavar sobre el cráneo de aquellas, a veces convenientemente débiles,  el mazo de  la  esclavitud… Resulta fácil pensar en esto, para   decir luego que el mundo ha sido creado  con un trono que otro  (el hombre)  disfruta a costa de la mujer;  trono que  ha de ser arrebatado.

 

Resulta más  problemático, pero más justo a la vez,  afirmar que no existe tal  maquiavélica genealogía  de la humanidad. Si este   ha tomado  su papel sin ser consultado,  es porque aquella que se apesadumbra de sí misma  saca el conveniente provecho de la situación, y ahora, luego de  tantos años desea,  víctima de su capricho,  saberse poseedora  de una  verdad reveladora  viendo  en su relación con el otro no una paridad necesaria sino una cadena  de la cual debe liberarse.

 

 Peligrosamente esa simbiosis natural que constituye la relación hombre mujer y que apunta a necesidades tan básicas como la reproducción, parece  verse rota  por un conflicto   apuntado en dirección equivocada. Siendo el problema de género el papel de ambos en la sociedad, se   tiende una cortina de humo para afirmar que el problema  se aloja en el papel  que ha de cumplir la mujer, exclusivamente, con respecto al hombre.

 

Surge entonces una competencia absurda en la que sin saberlo, ambos, hombres y mujeres, pierden el sentido de su ser y   confusamente creen   que la sociedad tristemente “acabada” en la que  coexisten, es el terreno para negarse absurdamente  el uno al otro. Queda de un lado el histórico y monstruoso machismo, y en oposición, el  feminismo. ¿A partir de qué fundamenta el discurso feminista  su distanciamiento frente a los hombres?

 

Pareciera ser a partir de una supuesta construcción machista  de la historia, en la que el género pareciese  atravesarlo todo, más allá de  la comprensión de la ideología,  de la política, de la economía, que han pasado por encima de  ambos, y atribuyéndoselas al papel  que los “machos” han  cumplido en la construcción del mundo.

 

¿Y si el hombre se ilustrase acerca de esa misma historia para afirmar su papel, para saberse  agente de unos yugos  que  ella misma ha  consentido apenas ha podido, y que desde  su tierna maternidad incuba en  quienes sujetarán la historia venidera, sin reconocer que  de esta maraña de desafueros  ella  ha de hacerse también responsable?

 

Habría de temblar el feminismo  bajo sus  retocadas faldas haciendo  con la juntura de  sus rodillas una  musiquilla   de atemorizadas, pues  toda aquella elocuencia quedaría en el piso, sin más remedio que  afrontar una construcción de la historia, no desde la  diferencia como damas candorosas, sino desde   la reconstrucción  de ese mundillo  del que parecieran no tener la culpa, tan acabado como lo pretenden, y en el cual solo hace falta una  mujer genocida (de las cuales no nos ha hecho  falta ejemplos) que  apriete  el botón de la destrucción humana, de la explotación y de la barbarie…

 

Del conocimiento de la dimensión del hombre, como sujeto  verdaderamente liberado, esto es, desde el ilustrarse (ilustración que a ambos  les es negada como si se tratase de mendigos), ha de superarse esa maniquea  construcción de la verbalidad feminista, y  construir además un reconocimiento de aquello que le atormenta, le socava, le disminuye, y le hace creer que su maldad se aloja en no ser bueno con ella por no haberle entregado un pedacito de esa tiranía que él administra.

 

O. Oswaldo Duarte R. 

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